En la confusión Silvana Solo atinó a sostener la manopla, con tan mal tino que de todos modos, no logro evadir la enorme aureola que quedó alojada en la alfombra. A su lado, los ojos nitrosos no se despegaban de sus acciones “torpes acciones” diría el. Silvana ofuscada, dejo de resolver la imposible limpieza, y comenzó a fumar. Pitadas lentas, olvidables, monótonas. Después del toxico recreo, intentó recortar cada lado del sobrante con el cuchillo eléctrico. Pensó: curioso era la primera vez que utilizaba la cuchilla para congelados. Sin embargo, a pesar del ruido que desprendía el forzado motor, no sirvió para gran cosa. Recordó las películas, y las magníficas sierras eléctricas que esgrimen al aire con tanto orgullo, tan precisas para aterrar, tan fácil de ubicar en cualquier casa americana pero ella no vivía en el primer mundo… así que era inútil quejarse.
Ventajas, debía concentrarse en las ventajas. Por lo tanto, determinó dejar de complicarse con tan fastidiosas labores y se fue a asear. Se jabonó varias veces, dejo escurrir el agua casi con glotonería, y así: limpia, fresca y renovada, se vistió y se maquilló. Impecable, se dijo a sí misma, aunque sabía que el encontraría defectos: demasiado labial, muy corta la falda, muy breve el pudor… “Mojigata” eso necesitaba él: “una mojigata”, callada, sumisa y totalmente dedicada a él. Se alentó al verse frente al espejo y bajo con cierta prisa.
Sobre la alfombra, avanzaba la mancha. No le importó, decidió no mirar hacia donde estaban sus ojos. Tomo las llaves de auto, cerró las ventanas, apagó las luces, encendió una vela y abrió la llave del gas. Se marchó exultante. ¡Feliz! Con una sonrisa de publicidad de dentífrico, pensando que al menos por una putísima vez había logrado complacerlo: no quedaría ni una manchita.
Fotografia por Benjamin Faust
Ventajas, ¿por qué no iba sumarse a la manada de perezosos que asolaba al país? Planes sociales, subsidios, feriados, días puentes… era importante contar con la avanzada desidia que estaba carcomiendo todo. Hablando con optimismo: le darían tres días al caso, que contabilizado en trabajo real, no sería ni media hora.
Y pensar que había estado maquinando trozarlo, meterlo en la maleta, llevarla a una de las cientos de construcciones , arrojarlo en el hueco de un futuro cimiento – ¿Se imaginan el trastorno del traslado, el envoltorio para que no gotee, la precaución de no ser vista…? Ni siquiera había logrado ser eficiente en la primer tarea-, y pensar que todo lo resolvió con una vela. En eso, él tenía razón, debía reconocerlo: en este país se complica el que quiere.
Artículo originalmente publicado aquí. https://issuu.com/revistademencia/docs/revista8/14
